Anorexia a los 20

joven anónima con atardecer al fondo

Diciembre-2018

En primer lugar, voy a presentarme como es debido, mi nombre es JJ, tengo 20 años y soy la pequeña de cinco hermanas. Nacida y criada en Valladolid, aunque llevo ya año y medio viviendo en Segovia por cumplir un pequeño sueño, ser maestra de Educación Primaria. Y el dato quizás más importante y por el que me encuentro hoy aquí, tengo anorexia nerviosa restrictiva desde hace aproximadamente un año.
Comenzaré a poneros en situación, el año pasado comenzó la mejor etapa de mi vida. Empecé la carrera viviendo fuera de casa, un sueño que casi todos los estudiantes tienen, conocer gente nueva, aprender a valerte por ti mismo y crecer como persona. Como ya he dicho soy la pequeña de 5 hermanas que me quieren con locura y no olvidar a mis padres que darían todo por mí. A los cuales que hoy están aquí presentes, quisiera pedirles perdón de ante mano, porque no será fácil escucharme y fácilmente les lleguen a doler mis palabras. Una vida perfecta, ¿verdad?
Todo en ésta puede torcerse y quizá estaba en mi destino que así fuera. Todo empezó por un tortazo que me dio el amor, como a cualquier persona, siempre me he considerado fuerte y luchadora, pero esto no lo supe afrontar de la mejor manera. Sintiendo que era inferior al resto de personas y poco arropada en un momento en el que lo necesitaba, no se si por la lejanía a mi familia o simplemente porque nadie me entendía. Poco a poco todo se fue desvaneciendo y como es de esperar, lo primero que se desvaneció fue el orden en mi alimentación.
Simplemente deje de comer, de un día para otro, ni probar bocado. ¿Quién era y es para mí el peor enemigo?, en primer lugar, mi cabeza, yo misma, y por otro lado la comida. Me sentía poderosa sintiendo que tenía el control sobre mi estómago, algo difícil de conseguir, tener tanta fuerza de voluntad para que mi estómago permaneciera anestesiado. Mi vida siguió como si no pasara nada, estaba todo controlado. Comencé como la inercia que tiene un bebé por comenzar a vivir.
No solo empecé a dejar de comer, a esto le siguieron trucos para engañar a los demás y que creyeran al igual que yo, que mi vida seguía siendo perfecta. A veces, no me podía escapar de la comida y por las noches no podía dormirme hasta que no iba al baño, me arrodillaba y vomitaba hasta que no quedara nada en mi estómago, mientras me decía a mi misma que no pasaba nada, era algo que te hace sentir bien por lo tanto no puede ser malo, sigue así. Es difícil también poderse escapar al baño y tardar sin que nadie pregunte que haces tanto tiempo encerrada, un día tienes excusa, pero el segundo, ¿qué dices? Por ese motivo comencé a vomitar en mi cuarto en bolsas de plástico cada vez que sentía que me había excedido comiendo, es lo más asqueroso que he hecho en mi vida y que me avergüenzo de ello, pero así viví al principio, con anorexia nerviosa purgativa, hasta que fui capaz de dominar al 100% mi estómago y ya no recurría a engaños para vomitar, sino para evitar sentarme en la mesa. Las más típicas es decir a tus amigas que cenas en casa y a tus padres que ya has cenado, cuando llega la hora de comer ingerir grandes cantidades de agua para llenarte sin la necesidad de comer, tardar demasiado tiempo en comer mientras das conversación para ocultar que, en verdad, no comes.
Los primeros pasos se convirtieron en rutina y desde que me despertaba hasta que me dormía, todos mis pensamientos eran organizando cada comida que hago al día, no quiero cambios de planes en mis comidas, me crean ansiedad y no me dejan obtener mis metas diarias. Cree mi pequeño infierno personal lleno de castigos diarios y grandes críticas hacia mí misma. Un día pensando llegué a una conclusión, mi pequeño infierno me hace feliz, pero no puedo contárselo a los demás, las grandes metas que consigo cada día porque no me entenderían, nadie lo haría. Por lo tanto, si tengo que ocultarlo, mentir y engañar a personas que quiero es que algo bien no estoy haciendo. Me puse a investigar por internet, me salían test de trastornos en la alimentación y me vi reflejada en ellos. En ese justo momento, me di cuenta de que tenía una enfermedad, fui capaz de abrir los ojos y ver que en verdad las cosas no iban bien, que mi peso bajaba a pasos agigantados, era una obsesa por el control sobre la comida y me empecé a plantear si realmente era feliz. El ser consciente de la situación por la que estaba atravesando me hizo tener un gran sentimiento de culpabilidad, vivía cada día llena de rabia e impotencia, solo quería gritar y que alguien se diera cuenta de que perder 11 kilos en dos meses no era algo normal. Toda esta frustración la pagaba con la gente a la que más quiero y que aún a día de hoy lo sigo haciendo, por eso os vuelvo a pedir perdón, sobre todo a vosotros papá y mamá porque os culpaba de todo por no verlo, aunque os intentara convencer de que no pasaba nada, no os dabais cuenta y para mí erais mis enemigos porque en ese momento pensaba que si no os dabais cuenta de mi infierno era porque no me queríais lo suficiente.
Os juro que el nivel de exigencia que me había puesto sobre la comida era imposible de sostener, caí en una depresión en la que simplemente vivía, era un cadáver, me limitaba a respirar, estar callada y llorar en cantidades industriales, me encerré en mí misma y nadie ni nada me parecía lo demasiado importante para prestarlo atención. Todo tiene su límite y yo ya estaba desesperada, odiaba mi vida y supongo por un momento tuve el valor de coger el teléfono, llamar a una de mis hermanas y pedir ayuda, porque si no yo no quería vivir más. No me puedo llegar a imaginar lo dura que tuvo que ser esa llamada para mi hermana. Al colgar no puedo negar que en cierta parte me arrepentí porque, aunque siguiera cayendo en picado y cuesta bajo, no sería a tanta velocidad; pero, por otra parte, aunque suene egoísta, el dolor compartido se lleva mucho mejor. Aún recuerdo ese día como que fuera ayer, 24 de febrero de 2017.
El primer paso que di fue acudir a la seguridad social, el médico de cabecera que me derivó a salud mental. Esa palabra se me hizo muy grande, yo, con una enfermedad mental, sonaba demasiado fuerte pero así era la cruda realidad. Tuve mi primera visita con una psiquiatra que personalmente, se equivocó en todo, su diagnóstico después de un par de sesiones y a pesar de que ya no vomitaba fue bulimia, no anorexia, lo que no me hizo sentir bien porque no me sentí realmente escuchada.
Pocas semanas después de acudir a la seguridad social, me llamó otra de mis hermanas diciéndome que habían encontrado una asociación que era especialista en trastornos de alimentación, me dijo que no estaba obligada a ir y que simplemente era una propuesta. En el fondo me vi agobiada por tanto hablar del tema y mi decisión fue ir, aunque en el fondo no quería. Llegué a ACLAFEBA y me acogieron con mucho cariño, me ofrecieron toda la ayuda sin conocerme de nada y me calmaron los nervios que llevaba.
Comencé las sesiones de terapia con Alicia y con Vinda, cierta parte de mí quería superarlo todo, pero otra tenía mucho miedo y demasiado sufrimiento a la espalda para querer continuar. Yo era mi peor enemiga y me odiaba con todas mis fuerzas. Tuve que dejar de mirarme al espejo porque cada vez que me veía no podía parar de llorar, no os podéis imaginar el asco que me daba a mi misma, solo veía reflejado algo horrible que detestaba. Me dormía y he de confesar que aún lo sigo haciendo, posar mis manos sobre mis huesos, me tranquiliza y me hace sentir que tengo el control. Las terapias de Alicia me han proporcionado una dosis de realidad, para que cada vez que me toco los huesos sea consciente de cómo estoy físicamente, mi cadera no mide algo desproporcionado, pierdo el control de mis emociones por falta de alimentación al igual que pierdo la regla. Vinda me ha enseñado a que la comida no es un monstruo que me ataca, sino el sustento de la vida, la felicidad y por lo menos el control real, en ningún momento me sentí agobiada con la comida en sus terapias, simplemente poco a poco me hacía perder el medio y sentirme más segura.
Poco a poco comencé mi mejora, la cosa más dura a la que me he enfrentado a mi vida, luchar contra mí misma, lo que significaba dejar de escucharme y confiar en los demás. Llegué a perder el miedo y mirar la comida de una manera muy diferente, siempre he sido mal comedora en cuanto a variedad, y al mejorar comencé a disfrutar y probar cosas nuevas. Me sentí viva, más que nunca, ir a tomar algo con mis amigas ya no era un sufrimiento, cenar por ahí no me producía ansiedad. Empecé a trabajar con Alicia la preparación para las recaídas, me sentía que estaba a punto de conseguirlo y muy orgullosa de mí misma.
Pero, toda en esta vida es luchar y creo que a mi me toca volver a hacerlo, en este momento me encuentro en una pequeña recaída, mi cuerpo y mi mente están cansados, y el mayor problema es que no sé donde está mi limite en el que decida parar. El miedo es muy traicionero y nunca hay que dejarle ganar, aunque a veces no estemos seguros si queremos seguir adelante, nos merecemos ser felices y llevar una vida plena porque esta condena no se la merece nadie. Me he perdido y me estoy volviendo a perder muchos momentos por miedo, a algo que tampoco sé ni a qué. Me debo mil disculpas y muchas más oportunidades, por mí, por los que me quieren y sufren viendo como poco a poco me destruyo con cada comida.
Llegó el momento de dar las gracias, lo primero a todos vosotros por escucharme e intentar entender en unos minutos lo que es mi día a día. Gracias infinitas a Alicia y Vinda, por las barbaridades que os conté, os cuento y espero que os contaré por poco tiempo, me habéis hecho sentir escuchada y lo más importante con esperanza en todo momento. No puedo olvidar a mis compañeras de terapia de grupo, por darme consejos, sentirme identificada con vosotras y ofrecerme apoyo, me encantaría que cada una de vosotras os dierais cuenta de lo espectaculares que sois tanto por dentro como por fuera, os merecéis mucho más de lo que tenéis, luchad con todas las fuerzas por vivir y exprimir cada momento de felicidad porque sois únicas. A mi familia, perdón infinito por todo el daño que os he hecho todo este año, lo siento con todo mi corazón, me siento muy orgullosa de formar parte de todas y cada una de vuestras vidas y ojalá algún día os pueda devolver todo el apoyo y el cariño que me dais, se que a veces os equivocáis, pero desde aquí os digo que es normal, es difícil lidiar conmigo y mucho más con mi carácter. A mi novio, gracias por volver a despertar en mí la alegría y ponerme siempre una sonrisa, no desesperarte conmigo y estar dispuesto a estar en mis peores días.
ACLAFEBA, seguid trabajando así, vuestro trabajo es único y mucha más vuestra vocación y dedicación por ayudar.

28 febrero, 2018