Anorexia con 12 años

anónimo

Octubre-2014

“Fea, tonta, gorda, no vales para nada, no haces nada bien, eres culpable de todo”. Estas palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza durante los dos años que estuve enferma con trastornos alimenticios.
Todo empezó en el 2012, hace dos años, yo tenía 12. Era mi primer año de instituto y yo entraba aterrorizada y con pánico. Pensaba que no iba a ser capaz de sacar mis estudios y no tenía compañía con quien estar, pues mis amigas de primaria tenían en mente otros temas que a mí no me gustaban.
Empecé a pensar que no caía bien a nadie, que era rara y siempre lloraba y lloraba antes de ir al cole. No quería que llegara la hora del recreo porque sabía que me tendría que quedar 10 minutos o cuarto de hora mirando el reloj en el baño, esperando a que el recreo transcurriera y mientras tanto, el resto de niños se divertían en el patio.
Siempre hablaba con mi madre entre lágrimas sobre esto y la decía que yo creía que lo mejor era que en el recreo me quedara en la biblioteca haciendo deberes y estudiando, así por lo menos aprovecharía este tiempo. Pero mi madre me decía que intentara hacer amigos, que era una buena niña y no me tenían por qué rechazar. Ella siempre me estuvo apoyando en todo momento.
Así que mi cabeza, empezó a dar vueltas sobre todo esto y llegué a la conclusión de que yo no valía. Mis primeras notas fueron ochos y nueves pero siempre me parecía muy poco y creía que era torpe.
Los días fueron pasando y acabé en una depresión que me quitó las ganas de comer. Además como me veía gorda, no me preocupaba dejar comida en el plato o tirar el almuerzo. Empecé a adelgazar y me sentía mejor. Estaba metida en mi mundo y no quería que nadie me sacara de él porque yo creía, y casi lo podía afirmar, que era lo mejor para mí y que nunca me podría arrepentir de lo que estaba haciendo.
Mis padres me empezaron a ver más delgada y me llevaron a la pediatra, que en principio achacó mi comportamiento a problemas de la edad, sin más. Y así empezó nuestra lucha.
“No quiero más, es mucho”. “Tienes que comer porque estás muy delgada y vas a enfermar”. “Me duele la tripa y no puedo”. Nuestras conversaciones siempre eran así; ellos me preguntaban el porqué de mi conducta y yo les contestaba que me dolía mucho la barriga. Me sentía mal al dejar comida porque sabía que disgustaba a mis padres pero me sentía mal al comerlo porque creía que me iba a engordar.
Tenía la autoestima por los suelos y me daba igual todo. Incluso no me importaba desparecer de este mundo que yo consideraba cruel y por el cual no merecía la pena seguir viviendo.
Al mes empecé con un psicólogo, el cual, en la segunda sesión, decidió que debía ingresar en el hospital. Yo no lo entendía, me decían que tenía anorexia pero no podía ser, yo estaba perfectamente. “Además, anorexia es de gente loca y superficial”, pensaba yo.
Así que siempre les dije que no me veía gorda y que no comía porque no me entraba más, pues reconocerlo podría hacer daño a mis padres y no quería que ellos se sintieran culpables.
Salí del ingreso sin reconocer todavía mi enfermedad y empecé una lucha constante en mi mente. Por los síntomas que había leído de la enfermedad, creía que igual podría tenerla, pero no, eso no podría ser. Estaba siempre triste, tenía el pelo muy seco y frío constante. Un frío que no me permitía hacer vida normal pues en cualquier lugar estaba a disgusto.
Después de un tiempo, una tutora del instituto me ayudó a reconocer mi enfermedad y me atreví a contar a mis padres lo que realmente sentía. Tenía miedo porque pensaba que les iba a disgustar. Pero me entendieron (más o menos, porque es difícil entender algo que no entiendes ni tú misma) y me apoyaron en todo momento.
Pero nuestras luchas seguían. “venga, acábalo” “Es mucho, no puedo”. Yo seguía tirando el almuerzo e intentaba esconder la merienda. Mi cabeza daba vueltas y vueltas “Fea, no vales nada, estás gorda, sólo sabes disgustar a los que están a tu alrededor”.
Como quería seguir adelgazando, empecé a hacer los deberes y a estudiar de pie. En aquel tiempo me parecía lo más lógico, pero ahora que miro hacia atrás, me doy cuenta de todas las manías absurdas que tenía, que no valían para nada, sólo para sentirme cada vez peor.
Seguí en mi mundo pero ya no estaba tan segura de que eso fuera lo mejor para mí. Y con el paso del tiempo me di cuenta de que, efectivamente, mi decisión era errónea.
Mis padres me llevaron a una asociación con niñas que también tenían mi problema, con las cuales me sentía muy identificada y no me sentía un ‘bicho raro’.
Con las ayudas terapéuticas y sobre todo, con el apoyo y la paciencia de mis padres empecé a plantearme abandonar todo esto que tanto daño me estaba haciendo. Así que un día, así, sin más, dije “basta, ya no quiero seguir así, quiero recuperarme”.
Ese había sido mi primer gran paso pero no el definitivo, pues no es tan fácil decirlo como hacerlo. Pero ahora había empezado otra lucha, la lucha por mi recuperación.
Cuando empecé a normalizar mis comidas y empecé a tomar los alimentos que me apetecían, hubo veces que me sentía mal y pensaba que nunca acabaría con esto, que sería mejor abandonar, que mi esfuerzo no merecía la pena. Todavía tenía miedo de engordar.
Durante muchos días estuve en duelo por querer coger peso para estar bien pero no podía, pues mi cabeza me lo impedía.
Intenté olvidarme de las falsas ideas que me había creado en mi cabeza por esta enfermedad y luché por recuperarme.

¡Y claro que lo pasé mal! Pero mereció la pena. Mereció la pena luchar por mi felicidad perdida, por mis años perdidos, por la gente de la que me había aislado, por estar a gusto con mis padres y mi hermana: Por mi vida.
Me di cuenta de que sacar las mejores notas y tener un buen físico no es lo que se necesita para ser feliz. Lo verdaderamente importante es saber disfrutar de las personas que están a tu alrededor, de las pequeñas cosas que nos ofrece la vida. Y, si se nos presenta un problema, luchar contra él, porque casi todo es posible.
Ahora soy capaz de reírme de las bromas que me gastan, antes me sentaban mal y pensaba que lo hacían para meterse conmigo. Sonrío, suelo estar a gusto con todo lo que hago y no me siento culpable por cosas ajenas a mí.

¿Merece la pena pasar por esto? Mi opinión es que no, no merece la pena. Pero como siempre, todo tiene su lado positivo y de esto he aprendido muchos valores que antes no tenía: he conseguido tener una personalidad fuerte, saber hacer frente a mis problemas, saber decir que no, mejorar mi autoestima y relacionarme mejor con los demás.
Hubo un tiempo que miraba hacia atrás y pensaba: “¿Por qué me he metido en todo esto?” “Ojalá nunca me hubiera pasado” y me arrepentía muchísimo de ello.
¿A día de hoy me arrepiento? Pues no lo voy a negar, todavía me arrepiento un poco pero me siento orgullosa al decir que, prácticamente, he superado la anorexia.
Eso sí, todavía no me atrevo a decir a la gente (exceptuando a mi familia y a mi mejor amiga) nada relacionado con mi enfermedad aunque ya no entiendo muy bien por qué. Supongo que en el fondo sigo pensando que la enfermedad ha sido culpa mía y aún me avergüenzo un poco de ello (aunque cada vez menos).
Para acabar, quiero dar las gracias a mis padres, mi hermana y mi mejor amiga, por estar a mi lado en todo momento y por haberme soportado cuando no me soportaba ni yo. Y también, a la asociación que me ha ofrecido una gran ayuda terapéutica y han tenido paciencia conmigo, sin juzgarme. Sin todos ellos, esto me hubiera sido muy difícil de superar. Gracias.

 

4 febrero, 2017